En la tierra más allá de los confines del Sagrado Jardín del Edén, Adán y Eva enfrentaron multitud de desafíos, mis queridos hijos. Ya no estaban rodeados por la abundancia y belleza de árboles frutales, sino que encontraron espinas y cardos, un duro recordatorio de su desobediencia y su amistad rota con Dios.
Los hijos de Adán y Eva, mis jóvenes amigos, nacieron en un mundo contaminado por las transgresiones de sus padres. Ellos también enfrentarían el envejecer y sometimiento al abrazo de la muerte. Si Adán y Eva hubieran permanecido obedientes a Jehová, sus vidas y las de sus descendientes habrían estado llenas de alegría, gozo y bienaventuranza eternas sobre la Tierra. Sin enfermedad, sin envejecimiento, sólo felicidad eterna.
Pero, por desgracia, Eva, después de haber roto su amistad con Dios, enfrentó un gran dolor durante el parto. La consecuencia de su desobediencia fue un recordatorio del dolor que ella misma se había provocado. ¿No pueden ver, queridos hijos, el profundo impacto de la desobediencia en nuestras vidas?




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